Divirtiéndose por una Causa

La línea de historia muestra a la cantante divirtiéndose en varias escenas musicales con su banda conformada por cinco músicos, estilizados con un vestuario ochenteros; en el videoclip alternativo aparece con un grupo de chicas en una pista de patinaje. Además, muestra a lo largo del clip cómo la intérprete seduce y desprecia al mismo tiempo a su chico, haciendo alusión a la causa y el efecto de los desplantes y engaños de este último.

Según el vocalista de Camila, «Ella [Paulina] pidió que la letra fuera para las mujeres», caracterizándola como un himno feminista. La canción se cantó por primera vez el 23 de abril de , a los Latin Billboard Music Awards , con Rubio como uno de los artistas más esperados de la noche, también realizó la canción en un concierto privado en el Gotham Hall de la ciudad de Nueva York el 11 de mayo para la promoción de Gran city pop.

El concierto fue presentado por Univision Radio. Poco después logró entrar al Top 10 el 16 de junio de ese año catapultando la canción en la posición N. º 7 durante dos semanas.

La canción debutó en el 40 en el Billboard Hot Latin Songs y 22 en el Pop latin Songs el 25 de abril del presente año, la siguiente semana la canción saltó al 26, obteniendo el mayor "salto" de la semana en el chart. El 15 de junio, "Causa y efecto" logró el 1 en U.

Billboard "Hot Latin Tracks" logrando así su cuarto n. º 1 en la lista. El video musical de "Causa y Efecto" fue dirigido por el director austriaco Rudi Doleza que ha trabajado con grandes estrellas de la escena internacional tales como Rolling Stone, U2 Bon Jovi, o Bruce Springsteen entre otros, fue filmado en Miami, Florida durante el mes de marzo en los estudios M3.

El modelo que aparece en el cameo, de este video, se llama Buddy K. La dirección de Fotografía estuvo a cargo de Crash, quien ha trabajado en los videos de artistas como Gwen Stefani, Fergie o Akon ente otros.

Si bien el sencillo se lanzó antes, el video se estrenó el 7 de mayo en América Latina y Estados Unidos por MTV latino y MTV Tr3s. El video tuvo una nueva versión que puede ser visible en varios reproductores de videos como YouTube y en su sitio oficial.

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Crear un libro Descargar como PDF Versión para imprimir. Cronología del álbum Gran City Pop Causa y efecto 1 La danza del escorpión 2 [ editar datos en Wikidata ]. Las referencias de este artículo no tienen un formato correcto. Puedes colaborar editándolas como se indica en esta página.

Consultado el 29 de marzo de Con eso nos acompañará a tomar el té. La Condesa y su esposo cambiaron una mirada siniestra. El joven, en su perplejidad, apenas acertó a devolver al Conde su saludo.

Vi que entraron y salieron criados; vi que trajeron un servicio de té y desaparecieron después, dejando solos a los tres personajes. Iba a pasar algo terrible. Sentáronse: la Condesa parecía difunta, el Conde afectaba una hilaridad aturdida, semejante a la embriaguez, y el joven callaba, contestándole sólo con monosílabos.

Sirvió el té, y el Conde alargó a Rafael una de las tazas, no una cualquiera, sino una determinada. La Condesa miró aquella taza con tal expresión de espanto, que pareció echar en ella todo su espíritu. Bebieron en silencio, acompañando la poción con muchas variedades de las sabrosas pastas Huntley and Palmers , y otras menudencias propias de tal clase de cena.

Después el Conde volvió a reír con la desaforada y ruidosa expansión que le era peculiar aquella noche, y dijo:.

Usted, Rafael, no dice una palabra. Antonia, toca algo. Hace tanto tiempo que no te oímos. aquella pieza de Gottschalk que se titula Morte La tocabas admirablemente.

Vamos, ponte al piano. La Condesa quiso hablar, érale imposible articular palabra. El Conde la miró de tal modo, que la infeliz cedió ante la terrible expresión de sus ojos, como la paloma fascinada por el boa constrictor.

Se levantó dirigiéndose al piano, y ya allí, el marido debió decirle algo que la aterro más, acabando de ponerla bajo su infernal dominio. Sonó el piano, heridas a la vez multitud de cuerdas, y corriendo de las graves a las agudas, las manos de la dama despertaron en un segundo los centenares de sonidos que dormían mudos en el fondo de la caja.

Al principio era la música una confusa reunión de sones que aturdía en vez de agradar; pero luego serenóse aquella tempestad, y un canto fúnebre y temeroso como el Dies irae surgió de tal desorden.

Yo creía escuchar el son triste de un coro de cartujos, acompañado con el bronco mugido de los fagots. Sentíanse después ayes lastimeros como nos figuramos han de ser los que exhalan las ánimas, condenadas en el purgatorio a pedir incesantemente un perdón que ha de llegar muy tarde. Volvían luego los arpegios prolongados y ruidosos, y las notas se encabritaban unas sobre otras como disputándose cuál ha de llegar primero.

Se hacían y deshacían los acordes, como se forma y desbarata la espuma de las olas. La armonía fluctuaba y hervía en una marejada sin fin, alejándose hasta perderse, y volviendo más fuerte en grandes y atropellados remolinos.

Yo continuaba extasiado oyendo la música imponente y majestuosa; no podía ver el semblante de la Condesa, sentada de espaldas a mí; pero me la figuraba en tal estado de aturdimiento y pavor, que llegué a pensar que el piano se tocaba solo.

El joven estaba detrás de ella, el Conde a su derecha, apoyado en el piano. De vez en cuando levantaba ella la vista para mirarle, pero debía encontrar expresión muy horrenda en los ojos de su consorte, porque tornaba a bajar los suyos y seguía tocando. De repente el piano cesó de sonar y la Condesa dio un grito.

En aquel instante sentí un fortísimo golpe en un hombro, me sacudí violentamente y desperté. En la agitación de mi sueño había cambiado de postura y me había dejado caer sobre la venerable inglesa que a mi lado iba.

me , -dijo con avinagrado mohín, mientras rechazaba mi paquete de libros que había caído sobre sus rodillas. es verdad me dormí -contesté turbado al ver que todos los viajeros se reían de aquella escena.

yo soy to decir al coachman usted molestar usted, caballero very shocking -añadió la inglesa en su jerga ininteligible-: ¡Oooh! usted creer my body es su cama for usted to sleep.

gentleman, you are a stupid ass. Al decir esto, la hija de la Gran Bretaña, que era de sí bastante amoratada, estaba lo mismo que un tomate. Creyérase que la sangre agolpada a sus carrillos y a su nariz a brotar iba por sus candentes poros. Me mostraba cuatro dientes puntiagudos y muy blancos, como si me quisiera roer.

Le pedí mil perdones por mi sueño descortés, recogí mi paquete y pasé revista a las nuevas caras que dentro del coche había.

Figúrate, ¡oh cachazudo y benévolo lector! cuál sería mi sorpresa cuando vi frente a mí ¿a quién creerás? al joven de la escena soñada, al mismo D. Rafael en persona. Me restregué los ojos para convencerme de que no dormía, y en efecto, despierto estaba, y tan despierto como ahora.

Era él mismo, y conversaba con otro que a su lado iba. Puse atención y escuché con toda mi alma. Parecía difunta; tal era su terror. Su marido la mandó tocar el piano y ella no se atrevió a resistir.

Tocó, como siempre, de una manera admirable, y oyéndola llegué a olvidarme de la peligrosa situación en que nos encontrábamos. A pesar de los esfuerzos que ella hacía para aparecer serena, llegó un momento en que le fue imposible fingir más. Sus brazos se aflojaron, y resbalando de las teclas echó la cabeza atrás y dio un grito.

Entonces su marido sacó un puñal, y dando un paso hacia ella exclamó con furia: «Toca o te mato al instante.

El veneno estaba bien preparado, porque hizo el efecto tarde y no me mató, aunque me ha dejado una enfermedad para toda la vida. Rafael iba a contestar y yo le escuchaba como si de sus palabras pendiera un secreto de vida o muerte, cuando el coche paró. ya estamos en los Consejos: bajemos -dijo Rafael.

Se marchaban, y yo no sabía el fin de la historia. Una carcajada general fue la única respuesta. Los dos jóvenes riéndose también, salieron sin contestarme palabra.

El único ser vivo que conservó su serenidad de esfinge en tan cómica escena fue la inglesa, que indignada de mis extravagancias, se volvió a los demás viajeros diciendo:. A lunatic fellow. El coche seguía, y a mí me abrasaba la curiosidad por saber qué había sido de la desdichada Condesa.

Yo me hacía cargo de las intenciones de aquel malvado. Ansioso de gozarse en su venganza, como todas las almas crueles, quería que su mujer presenciase, sin dejar de tocar, la agonía de aquel incauto joven llevado allí por una vil celada de Mudarra.

Mas era imposible que la dama continuara haciendo desesperados esfuerzos para mantener su serenidad, sabiendo que Rafael había bebido el veneno. Al pasar por delante de Palacio el coche se detuvo, y entró una mujer que traía un perrillo en sus brazos.

Al instante reconocí al perro que había visto recostado a los pies de la Condesa; era el mismo, la misma lana blanca y fina, la misma mancha negra en una de sus orejas.

La suerte quiso que aquella mujer se sentara a mi lado. No pudiendo yo resistir la curiosidad, le pregunté:. Cogí una de las orejas del inteligente animal para hacerle una caricia; pero él, insensible a mis demostraciones de cariño, ladró, dio un salto y puso sus patas sobre las rodillas de la inglesa, que me volvió a enseñar sus dos dientes como queriéndome roer, y exclamó:.

Era muy buena, ¿verdá usté? Pero ¿podría yo saber en qué paró todo aquello? He sabido todo lo que ha pasado, hasta aquello del té Y diga usted ¿murió la señora?

sí señor: está en la gloria. Usted no está enterado. Fue que aquella noche había comido no sé qué, pues y le hizo daño Le dio un desmayo que le duró hasta el amanecer. Yo le había dicho aquella noche: «señora: no coma usted esos mariscos»; pero no me hizo caso. Si sabré yo lo que ha ocurrido. sí -repuse aparentando creerlo-.

su marido, el que sacó el puñal cuando tocaba el piano? La mujer me miró un instante y después soltó la risa en mis propias barbas. Ya comprendo, usted no quiere contar los hechos como realmente son.

Ya se ve, como habrá causa criminal La mujer volvió a soltar la risa con tal estrépito, que me desconcerté diciendo para mi capote: Ésta debe de ser cómplice de Mudarra, y naturalmente ocultará todo lo que pueda.

Dígame de qué murió la señora Condesa. La Condesa ha muerto envenenada o asesinada; no me queda la menor duda. En esto llegó el coche al Barrio de Pozas y yo al término de mi viaje. Salimos todos: la inglesa me echó una mirada que indicaba su regocijo por verse libre de mí, y cada cual se dirigió a su destino.

Yo seguí a la mujer del perro aturdiéndola con preguntas, hasta que se metió en su casa, riendo siempre de mi empeño en averiguar vidas ajenas. Al verme solo en la calle, recordé el objeto de mi viaje y me dirigí a la casa donde debía entregar aquellos libros.

Devolvílos a la persona que me los había prestado para leerlos, y me puse a pasear frente al Buen Suceso, esperando a que saliese de nuevo el coche para regresar al otro extremo de Madrid.

No podía apartar de la imaginación a la infortunada Condesa, y cada vez me confirmaba más en mi idea de que la mujer con quien últimamente hablé había querido engañarme, ocultando la verdad de la misteriosa tragedia.

Esperé mucho tiempo, y al fin, anocheciendo ya, el coche se dispuso a partir. Entré, y lo primero que mis ojos vieron fue la señora inglesa sentadita donde antes estaba.

Cuando me vio subir y tomar sitio a su lado, la expresión de su rostro no es definible; se puso otra vez como la grana, exclamando:. mi quejarme al coachman usted reventar me for it. Tan preocupado estaba yo con mis confusiones, que sin hacerme cargo de lo que la inglesa me decía en su híbrido y trabajoso lenguaje, le contesté:.

Usted no tiene idea de la ferocidad de aquel hombre. Seguía el coche, y de trecho en trecho deteníase para recoger pasajeros. Cerca del palacio real entraron tres, tomando asiento enfrente de mí.

Uno de ellos era un hombre alto, seco y huesudo, con muy severos ojos y un hablar campanudo que imponía respeto. No hacía diez minutos que estaban allí, cuando este hombre se volvió a los otros dos y dijo:. La bala le entró por encima de la clavícula derecha y después bajó hasta el corazón.

Cuente usted ¿y cómo fue? Usted está loco o quiere burlarse de nosotros. Lo sé todo, he presenciado varias escenas de ese horrendo crimen. Pero dicen ustedes que la Condesa murió de un pistoletazo. Si usted quiere bromear, puede buscarme en otro sitio, y ya le contestaré como merece. Ya preparaba el otro su contestación, sin duda, más enérgica de lo que el caso requería, cuando la inglesa se llevó el dedo a la sien, como para indicarles que yo no regía bien de la cabeza.

Calmáronse con esto, y no dijeron una palabra más en todo el viaje, que terminó para ellos en la Puerta del Sol. Sin duda me habían tenido miedo. Yo continuaba tan dominado por aquella idea, que en vano quería serenar mi espíritu, razonando los verdaderos términos de tan embrollada cuestión.

Pero cada vez eran mayores mis confusiones, y la imagen de la pobre señora no se apartaba de mi pensamiento. En todos los semblantes que iban sucediéndose dentro del coche, creía ver algo que contribuyera a explicar el enigma. Sentía yo una sobreexcitación cerebral espantosa, y sin duda el trastorno interior debía pintarse en mi rostro, porque todos me miraban como se mira que no se ve todos los días.

Aún faltaba algún incidente que había de turbar más mi cabeza en aquel viaje fatal. Al pasar por la calle de Alcalá, entró un caballero con su señora: él quedó junto a mí. Era un hombre que parecía afectado de fuerte y reciente impresión, y hasta creí que alguna vez se llevó el pañuelo a los ojos para enjugar las invisibles lágrimas, que sin duda corrían bajo el cristal verde oscuro de sus descomunales antiparras.

Al poco rato de estar allí, dijo en voz baja a la que parecía ser su mujer:. Me lo acaba de decir D. Ya me lo he figurado también -contestó su consorte-. Yo, que era todo oídos, dije también en voz baja:.

Me consta. Iré a declarar, iré a declarar, sí señor. A tal extremo había llegado mi obcecación, que concluí por penetrarme de aquel suceso mitad soñado, mitad leído, y lo creí como ahora creo que es pluma esto con que escribo. Yo declararé: fue envenenada con una taza de té, lo mismo que el joven.

El caballero y su esposa me miraron con expresión burlona, y después se dijeron en voz baja algunas palabras. Por un gesto que vi hacer a la señora, comprendí que había adquirido el profundo convencimiento de que yo estaba borracho.

Llenéme de resignación ante tal ofensa, y callé, contentándome con despreciar en silencio, cual conviene a las grandes almas, tan irreverente suposición.

Cada vez era mayor mi zozobra; la Condesa no se apartaba ni un instante de mi pensamiento, y había llegado a interesarme tanto por su siniestro fin, como si todo ello no fuera elaboración enfermiza de mi propia fantasía, impresionada por sucesivas visiones y diálogos.

En fin, para que se comprenda a qué extremo llegó mi locura, voy a referir el último incidente de aquel viaje; voy a decir con qué extravagancia puse término al doloroso pugilato de mi entendimiento empeñado en fuerte lucha con un ejército de sombras. Entraba el coche por la calle de Serrano, cuando por la ventanilla que frente a mí tenía miré a la calle, débilmente iluminada por la escasa luz de los faros, y vi pasar a un hombre.

Di un grito de sorpresa, y exclamé desatinado:. Mandé parar el coche, y salí, mejor dicho, salté a la puerta tropezando con los pies y las piernas de los viajeros; bajé a la calle y corrí tras aquel hombre, gritando:. Júzguese cuál sería el efecto producido por estas voces en el pacífico barrio. Aquel sujeto, el mismo exactamente que yo había visto en el coche por la tarde, fue detenido.

Yo no cesaba de gritar:. Hubo un momento de indescriptible confusión. Afirmó él que yo estaba loco; pero quieras que no los dos fuimos conducidos a la prevención. Después perdí por completo la noción de lo que pasaba. No recuerdo lo que hice aquella noche en el sitio donde me encerraron.

El recuerdo más vivo que conservo de tan curioso lance, fue el de haber despertado del profundo letargo en que caí, verdadera borrachera moral, producida, no sé por qué, por uno de los pasajeros fenómenos de enajenación que la ciencia estudia con gran cuidado como precursores de la locura definitiva.

Como es de suponer, el suceso no tuvo consecuencias porque el antipático personaje que bauticé con el nombre de Mudarra, es un honrado comerciante de ultramarinos que jamás había envenenado a condesa alguna.

Pero aún por mucho tiempo después persistía yo en mi engaño, y solía exclamar: «Infortunada condesa; por más que digan, yo siempre sigo en mis trece.

¡Son una vergüenza y un escándalo cuando los acompañan a ustedes en sus fiestas, divirtiéndose con sus placeres engañosos! No pueden ver a una mujer sin Si está buscando la guía Versículos bíblicos sobre Divirtiéndose, el contenido de hoy es para usted. Aquí hemos recopilado elementos del Antiguo y Nuevo “Siempre divirtiéndose si hacer daño a nadie”: Verónica Castro. l #Vivalavi Cristian Castro causa polémica por quitarse la ropa en show. 8

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By Gardat

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5 thoughts on “Divirtiéndose por una Causa”
  1. Es ist schade, dass ich mich jetzt nicht aussprechen kann - ich beeile mich auf die Arbeit. Aber ich werde befreit werden - unbedingt werde ich schreiben dass ich denke.

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